Faltan 11 días para el Mundial 2026 y la frase ya volvió. Nació antes de Qatar, como mantra colectivo construido a base de probabilidades imposibles y cábalas ligeramente irracionales.
Esta semana, los mercados hicieron algo parecido. Wall Street eligió creer que la tensión con Irán empieza a encauzarse, que la inflación incómoda es transitoria y que la nueva Fed de Kevin Warsh, tarde o temprano, va a terminar acompañando. Argentina, fiel a su condición de país que se entusiasma rápido cuando el mundo sonríe, eligió creer también. Y el Merval voló 12% en dólares.
La diferencia, esta vez, es que no todo parece fe. Hay narrativa, sí. Pero también empiezan a aparecer algunos números que acompañan.
Internacional: la fe como activo financiero
El rally global de mayo no se explica solamente por datos. Se explica, sobre todo, por narrativa. La novena semana consecutiva al alza del S&P 500, se construyó sobre tres apuestas que el mercado decidió tomar como razonablemente ciertas:
- Que el conflicto entre Estados Unidos e Irán puede descomprimirse
- Que la inflación va a ceder
- Que la Fed no va a interrumpir la fiesta.
Las tres hipótesis son posibles. Ninguna está garantizada. Ian Bremmer describió la tregua con Irán como sostenida con alfileres, y el PCE de abril marcó 3,8% interanual, el registro más alto desde mayo de 2023. El mercado los miró a ambos y eligió, con notable convicción, fingir demencia.
Ahí aparece la ironía monetaria de la semana. Trump pasó meses exigiendo tasas más bajas y, cuando finalmente logró el recambio en la Fed, terminó nombrando a Kevin Warsh, un halcónclásico. Pidió un Banco Central blando y le tocó uno potencialmente más duro. Su primera reunión es el 17 de junio, luego del debut de SpaceX en Nasdaq con valoración objetivo de USD 1,75 billones, más de 30 veces mayor al nivel actual de las reservas del BCRA.
Argentina: el espejo y los motores propios
Argentina vive este rally con la intensidad del país que mira por el espejo retrovisor del auto, donde los objetos parecen más cerca de lo que realmente están. La idea es simple: cuando el mundo respira, nosotros inhalamos el doble. Guarda con hiperventilarnos.
Por ahora, el aire sienta bien. El riesgo país perforó los 488 puntos básicos, mínimo desde junio de 2018, el Merval ganó 12% en dólares en la semana y los bancos lideraron con subas de hasta 17% semanal, acumulando un impresionante 26% en el mes. Pero sería injusto decir que fue solo viento de cola. Hubo motores locales propios, y conviene distinguirlos de la euforia importada.
El primero es el frente financiero del Tesoro. Con el desembolso del FMI por USD 1.040 millones, las licitaciones AO27 y AO28 y los fondos acumulados previamente, el pago de julio por 4.400 millones de Bonares y Globales quedó prácticamente cubierto. El Tesoro no necesita volver al BCRA hasta el 9 de julio, lo que convierte las compras del Central en acumulación pura. Eso reduce una fuente importante de ansiedad y le permite al mercado mirar algo más que el próximo vencimiento.
El segundo motor son las reservas: el BCRA compró la impresionante cantidad de USD 447 millones en una sola rueda. En lo que va de 2026, el Central lleva comprados cerca de USD 9.700 millones, con una cosecha que recién empezó a liquidarse. Durante años, Argentina discutió cómo evitar perder reservas. Hoy la discusión empieza a desplazarse hacia cuánto puede acumular. Ese cambio semántico no es un detalle.
Ahora bien, toda esa acumulación tiene un protagonista incómodo del otro lado del mostrador. Esta semana, en Maizar, mientras el campo reclamaba por retenciones, el secretario de Agricultura pidió «un poco de flow» y hasta reclamó aplausos. Como circulaba con ironía en un chat de mercado: al campo le piden que aplauda justo cuando lo fuerzan a liquidar para que el BCRA pueda comprar dólares. Paradojas argentinas. O habladurías, como diría el gran Carlos Pagni.
El tercer motor es más simbólico, pero no por eso irrelevante. La presencia de Peter Thiel en Buenos Aires, comprando casa, anotando a sus hijos en un colegio local y reuniéndose con Milei, Caputo y Sturzenegger, no mueve por sí sola una curva de bonos. Pero ayuda a instalar una percepción: Argentina vuelve a estar en el radar. El riesgo país se calcula con planillas, pero se construye con titulares.
Qué lindo es dar buenas noticias
Argentina se está beneficiando de una ventana global favorable, petróleo más bajo, yields más contenidos y rotación hacia emergentes, pero esta vez llegó a la cita con mejores credenciales propias. El mundo ayuda, sí. Pero el mérito local es haber llegado con algo para mostrar.
Elijamos creer. No por fe ciega, sino porque esta vez hay números acompañando la canción. Eso sí: una cosa es que el mercado vuelva a aplaudir, y otra muy distinta es dar por terminada la función. Vamos bien, incluso muy bien. Pero todavía falta bastante para que la República Argentina salga del pantano solo a fuerza de flow.




