Semana de guionista borracho. El jueves Wall Street tocaba el cielo: Dow arriba de 50.000, S&P estrenando los 7.500 y una empresa de IA debutando con retornos de +68% en un día. Euforia tan estilo «fines de los 90» que dan ganas de revisar dónde quedó el paracaídas, después de la debacle de las punto COM.
El viernes, puntual como el cobrador, tocó el timbre la resaca. Todo de vuelta a cero, en lo que terminó siendo una semana plana: S&P 500 y Nasdaq con alzas de apenas 0,3% y el Dow prácticamente neutro. Escalamos el Everest entero para sacarnos una foto en el campamento base.
¿El culpable? La inflación, de nuevo, como ese pariente que siempre vuelve. Esta semana se conoció el dato y vino sin coartada: hasta la «subyacente» —la que saca energía y alimentos para limpiar la foto— salió por arriba de lo esperado. Goolsbee, miembro de la Fed de Chicago, lo admitió con resignación: la inflación «va para el lado equivocado». Resultado: las probabilidades de recorte de tasas se desplomaron a cero, y las de una suba en 2026 saltaron de 1% a 45%. Warsh, el reemplazo de Powell, asume esta semana con la papa caliente en la mano.
Mientras tanto, Trump cruzó medio planeta hasta Beijing y volvió con un pedido de aviones más chico de lo prometido (Boeing -2,8%). Nada de lo que importaba: ni chips, ni Irán, y Xi de paso le advirtió que con Taiwán mejor ni jugar. Muchos kilómetros de avión para tan poca carga.
El dato más revelador de la semana pasó casi inadvertido entre tanto ruido: el sentimiento del consumidor de la Universidad de Michigan se desplomó a un mínimo histórico de 48,2 en la lectura preliminar de mayo. La inflación no es un número de planilla: es bronca cotidiana, y la bronca se acumula.
Y aquí la pregunta inevitable: ¿es esto la antesala de lo que todos ya intuyen para las elecciones de medio término de noviembre? La estadística es brutalmente clara. En 18 de las últimas 20 elecciones de medio término desde 1946, el partido del presidente perdió bancas en la Cámara. Peor aún: con aprobación por debajo del 50%, la pérdida promedio salta a 37 bancas, contra 14 cuando está por encima. La probabilidad de que pierdan la Cámara es muy alta. El malestar del consumidor de hoy es la urna de noviembre. Claro que, para un presidente no precisamente devoto de las instituciones, un resultado adverso quizás no se lea como derrota sino como sugerencia. La historia dice una cosa; qué se hace con ella es otra película, y esa todavía no se estrenó.
Andrés Malamud, en su último libro, lo formula para Argentina con una sequedad que da envidia: «Sin inflación no hubiera habido Milei, y si vuelve la inflación, no lo habrá más. Es tan simple como eso.» Cambiemos el nombre propio y la frase funciona igual en Washington. La inflación es el único candidato que siempre se presenta a ambos lados del Ecuador: solo cambia el acento, y de qué lado del problema está cada presidente.
🇦🇷 Mercados locales
El dato y la fiesta. Acá la inflación juega para el otro equipo: mientras en EE.UU. acelera, en Argentina desacelera, y el Gobierno lo festejó con todo. La de abril fue 2,6%, la más baja en cinco meses y la primera caída tras diez meses seguidos de subir. Caputo lo celebró en X, Adorni le agregó un «Dios bendiga a la República Argentina» y Milei cerró con «retornando a la normalidad». La letra chica enfría el champagne: el acumulado del cuatrimestre ya es 12,3%, muy por encima del 10,1% que el propio presupuesto 2026 proyectaba para los doce meses. Cuatro meses, presupuesto anual fundido. Los analistas hablan de «persistencia» y recuerdan que la baja se apoyó bastante en alimentos y combustibles. Asterisco que conviene no perder: el dato salió igual de bajo, aunque el INDEC sigue sin actualizar la canasta del índice y sus propios gremios hablan de «censura estadística». Un detalle.
La vedette es la más aburrida. Que celebren un 2,6% mensual dice todo: la inflación bajó, pero sigue altísima —32% interanual, con los analistas proyectando 29% para 2026, muy por encima de lo deseable—. Y es justamente esa nominalidad alta la que explica el podio del mercado. Con un tipo de cambio real apreciándose y tasas en pesos que corren bien arriba de un dólar planchado, el integrante más gris del elenco se volvió la estrella: los bonos en pesos. Medido en dólares, los Boncer acumulan más de +20% en el año, y hasta lo peor del universo en pesos suma 15%. Nada mal para esa moneda que el propio rayo dolarizador de Milei bautizó como excremento.
El mundo tiembla, el peso resiste. Esta semana las tasas largas americanas volaron: la de 10 años se ubicó en 4,6% y la de 30 superó el 5%. No es un detalle lejano: esas tasas dictan el costo global del capital, y cuando suben, el efecto dominó golpea a los emergentes. En Argentina, el riesgo país tuvo su momento de gloria —perforó los 500 puntos a comienzos de semana, envalentonado por la mejora de Fitch—, pero el viernes la fiesta global le pasó la cuenta: Merval -1,8%, bonos en dólares -1%, riesgo país de vuelta a 538. Argentina, fiel a su naturaleza, baila al ritmo de Wall Street cuando Wall Street se cae, y baila sola cuando sube. Y sin embargo, en plena corrida de tasas, los bonos en dólares argentinos se hundieron sin red mientras los denominados en pesos ni se despeinaron: tasa fija comprimiendo, CER y Duales en verde, sostenidos, como señala Juan Pablo Vera de Stonex, por la «micro» local. No solo rindieron más en el año: se descorrelacionaron justo el día en que había que hacerlo. El activo refugio resultó estar denominado en la moneda que nadie quiere tener. Un chiste que solo entiende Argentina.
Ese mal llamado presbicia: agrandando la letra chica El truco no es magia: es un dólar quieto mientras los pares emergentes se mueven. Funciona… hasta que el dólar se acuerde de que esto es Argentina. El carry vive de la inflación bajo control, igual que el Gobierno. Y ahí espera 2027, año electoral y con vencimientos apilados, agazapado en la sala de al lado: como en EE.UU. con sus midterms, el calendario electoral es el fantasma que todos ven aunque falte una eternidad.
Y al final, todo vuelve al mismo punto. La inflación es la base de todo contrato electoral: el único metro cuadrado que importa. Un gobierno puede acumular escándalos, perder bancas y desgastar su imagen —mientras los precios no se desboquen, es ruido tolerable—. Pero el día que se escapa, no hay relato ni carisma que la contenga: se lleva puesto al carry trade, a la popularidad y, como avisa Malamud, al presidente. Lo demás es cotillón. Es tan simple —y tan brutal— como eso.




