29/10/2026 |
Doble Click | La revancha de lo tangible
La inteligencia artificial prometió cambiar el mundo. Ahora falta construirlo. Y pagarlo. Durante décadas, la tecnología nos vendió una idea encantadora: la riqueza del futuro no iba a necesitar fábricas, ni galpones, ni fierros. El software se copiaba prácticamente gratis, las plataformas crecían sin las inversiones físicas de una industria tradicional y las grandes fortunas […]

La inteligencia artificial prometió cambiar el mundo. Ahora falta construirlo. Y pagarlo.

Durante décadas, la tecnología nos vendió una idea encantadora: la riqueza del futuro no iba a necesitar fábricas, ni galpones, ni fierros. El software se copiaba prácticamente gratis, las plataformas crecían sin las inversiones físicas de una industria tradicional y las grandes fortunas nacían de algoritmos y datos. Por fin habíamos encontrado la forma de hacernos ricos sin ensuciarnos las manos.

Hasta que llegó la inteligencia artificial y pasó la factura.

Según J.P. Morgan Asset Management, la inversión en IA de los grandes proveedores de infraestructura digital pasó de representar el 33% de su flujo de caja operativo en 2023 a un 93% estimado para 2026. Las empresas que admirábamos por su capacidad de generar efectivo están destinando una proporción creciente de esos recursos a construir infraestructura. Siguen siendo tecnológicas, pero sus números empiezan a parecerse a los de una siderúrgica.

Lo viejo funciona, Juan

La frase de Favalli en El Eternauta encontró un uso que nadie esperaba.

La inteligencia artificial escribe programas, interpreta imágenes médicas y resuelve problemas matemáticos. Pero no funciona sin electricidad, cobre, acero, transformadores, redes de transmisión y sistemas de refrigeración. La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico de los centros de datos podría más que duplicarse hacia 2030, hasta unos 945 teravatios hora anuales: un poco más de lo que hoy consume Japón. Y ninguna central eléctrica aparece porque alguien actualizó un algoritmo.

Durante años nos explicaron que la economía del conocimiento iba a jubilar a las industrias tradicionales. Resulta que las necesita para enchufarse. Lo intangible no vino a reemplazar a lo tangible. Vino a pedirle prestado.

Vendedores de palas

Durante la fiebre del oro los grandes ganadores fueron los vendedores de palas. Es la frase favorita de cualquier presentación sobre inteligencia artificial, y Nvidia es su mejor ilustración. Pero la frase tiene letra chica: no alcanza con vender palas. También importa cuántos competidores pueden fabricarlas y cuánto están dispuestos a pagar los compradores.

La cadena es larga. Los desarrolladores de modelos necesitan capacidad de cómputo; los centros de datos, energía y financiamiento; las eléctricas, inversiones gigantescas, y al final del camino alguien tiene que usar la IA para algo lo bastante rentable como para pagar todo lo anterior.

La pregunta no es solamente cuánto valor se va a crear. Es quién se lo va a quedar y cuánto capital habrá tenido que comprometer para conseguirlo.

Cuando el futuro llegó demasiado temprano

La historia ya hizo este experimento. A fines de los noventa, internet iba a cambiarlo todo, y las telecomunicaciones salieron a tender fibra óptica como si no hubiera mañana. Según Brookings, en los cinco años posteriores a la reforma de telecomunicaciones de 1996, las empresas invirtieron más de USD 500.000 millones en fibra, equipamiento y redes inalámbricas. La capacidad creció tanto que en las redes de larga distancia de América del Norte se utilizaba, como mucho, el 2%.

Tenían razón sobre el futuro. Internet cambió todo. Y aun así hubo quiebras, reestructuraciones y fortunas evaporadas.

La economista Carlota Pérez estudió precisamente cómo las revoluciones tecnológicas pueden atravesar períodos de euforia financiera antes de consolidarse productivamente. La comparación con la IA no es perfecta: según J.P. Morgan, más del 80% de la capacidad de centros de datos actualmente en construcción ya está alquilada. Hay una demanda concreta que no existía en aquella magnitud durante la expansión de la fibra. Lo que todavía debe demostrarse es si esa demanda justificará el capital invertido.

Se puede acertar sobre el futuro de una tecnología y equivocarse por completo sobre el retorno del capital necesario para construirla.

El segundo en llegar

Lo más interesante de la historia de la fibra no son las quiebras. Es lo que pasó después.

Las redes no desaparecieron. Quedaron instaladas, muchas sin utilizar, mientras sus propietarios enfrentaban problemas financieros. Según reportes de la época, Google estuvo entre las compañías que buscaron aprovechar aquella fibra oscura, en un mercado donde los precios se habían derrumbado.

El primero en llegar pagó la fiesta. El segundo compró los muebles en la liquidación.

La historia deja una enseñanza incómoda para los inversores: identificar correctamente una transformación económica no alcanza para convertirla en una buena inversión. También importa cuándo se entra, cuánto se paga y qué parte del valor futuro puede capturarse. La innovación y la rentabilidad no siempre avanzan al mismo ritmo. A veces el progreso económico llega bastante antes que los beneficios para quienes lo financiaron.

Y quizás esa sea la verdadera revancha de lo tangible. La inteligencia artificial está devolviendo protagonismo a industrias que parecían destinadas a quedar en segundo plano. Pero que algo resulte indispensable para la economía no garantiza que sea rentable para sus propietarios.

La historia demuestra que no alcanza con acertar sobre el futuro. También importa cuánto estamos dispuestos a pagar por él.

Y en medio de tanta inteligencia artificial, quizás convenga no olvidarse de hacer esa cuenta.

 

Regina María Martinez Riekes. 

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