Mucho TikTok, poco patrimonio.
La economía mundial parece haber desarrollado una fascinación adolescente por la juventud. Las marcas persiguen a la generación Z, los bancos se esfuerzan por hablar el idioma de los millennials y las tecnológicas compiten por conquistar consumidores que todavía están construyendo su patrimonio. Todo debe ser joven, digital y disruptivo. En esta carrera por parecer modernos, hay un detalle que quedó fuera de la ecuación: buena parte de quienes tienen el dinero, las acciones y el poder de decisión ya pasaron los 60 años. Curiosamente, son difíciles de encontrar en las campañas publicitarias, pero bastante más fáciles de encontrar en los balances.
La longevidad está modificando algo más importante que la edad promedio de la población: está prolongando el período durante el cual las generaciones mayores pueden conservar el capital y ejercer poder económico. Durante décadas dimos por sentado que las nuevas generaciones reemplazarían gradualmente a las anteriores en el centro de las decisiones. Al parecer, la demografía decidió no consultar el cronograma.
Los dueños del capital
Los datos de la Reserva Federal estadounidense son elocuentes. Al segundo trimestre de 2026, los baby boomers, nacidos entre 1946 y 1964, concentraban el 52,5% de la riqueza de los hogares estadounidenses. Si sumamos las generaciones anteriores, la participación asciende al 63,2%. Los millennials y los más jóvenes, en cambio, reunían apenas el 11,2%. Y atención al detalle: hasta los boomers más jóvenes ya superaron los 60 años. Una distribución curiosa para una economía cuya conversación comercial parece girar exclusivamente alrededor de los menores de 40.
La concentración es todavía más interesante cuando se observa la composición de esa riqueza. Los boomers poseían alrededor del 55% de las acciones y participaciones en fondos de inversión de los hogares estadounidenses. No solamente acumulan viviendas o ahorros para financiar su retiro: tienen una participación decisiva en el capital de las empresas. Mientras el mundo debate qué están comprando los jóvenes, quizás convendría prestar más atención a quiénes son los dueños de las compañías que les venden.
Acumular patrimonio con la edad no es ninguna revelación económica. La novedad es que hoy convivimos con generaciones que han invertido durante cuatro o cinco décadas, capitalizado sus ahorros y extendido considerablemente su vida económica. El resultado es que el dinero puede permanecer más tiempo en manos de sus propietarios originales y las transferencias patrimoniales pueden postergarse durante muchos más años. La herencia, por ahora, puede esperar.
Tener acciones no es lo mismo que mandar
Hay una diferencia fundamental entre poseer capital y ejercer el control. La primera se mide en porcentajes de propiedad; la segunda, en votos, directorios y capacidad efectiva de decidir.
La OCDE ofrece una fotografía reveladora: en Argentina, los tres principales accionistas reúnen más del 50% del capital en el 83% de las compañías cotizantes relevadas. El Grupo Financiero Galicia ilustra cómo funciona el control: las familias Escasany, Ayerza y Braun poseen, a través de EBA Holding, el 17,5% del capital accionario, pero concentran el 51,5% de los votos gracias a una estructura de distintas clases de acciones. En términos de participación accionaria son minoritarios; en términos de gobierno corporativo, conservan el mando. Una demostración bastante elegante de que tener la mayoría de las acciones y tener la última palabra no siempre son la misma cosa.
La edad agrega otra dimensión. Paolo Rocca, de 74 años, dejó de ser CEO de Tenaris en mayo de 2026, pero continuó como presidente del directorio. Un ejemplo concreto de cómo la sucesión ejecutiva puede avanzar sin que necesariamente cambie el liderazgo estratégico. En las empresas familiares, donde conviven propiedad, gestión y vínculos personales, delegar funciones y transferir poder son decisiones bastante diferentes.
Buscando herederos, perdiendo fortunas: El mercado de USD 35 billones que la industria se niega a mirar.
La llamada silver economy suele presentarse como un mercado especializado en las necesidades de las personas mayores: salud, cuidados y asistencia. Una mirada razonable, aunque extraordinariamente limitada. Según AARP y Economist Impact, las personas mayores de 50 años ya representaban el 50% del consumo mundial en 2020, equivalente a USD 35 billones, y se proyecta que esa participación se acerque al 60% en 2050.
Estamos hablando de consumidores de turismo, tecnología, experiencias, vivienda, entretenimiento y servicios financieros. En los segmentos de mayor patrimonio, además, cuentan con capital acumulado y capacidad para tomar decisiones de inversión. Reducir semejante mercado a un catálogo de prestaciones médicas parece, como mínimo, una estrategia comercial poco ambiciosa.
Naturalmente, tener más de 50 años no convierte a nadie en rico. Las diferencias de ingresos y patrimonio dentro de este segmento son enormes, especialmente en América Latina, donde millones de personas mayores enfrentan serias dificultades económicas. Pero esa desigualdad no invalida el fenómeno: una proporción extraordinaria del capital está concentrada en generaciones que el mercado todavía tiende a definir principalmente por su edad y no por su capacidad económica.
La paradoja es especialmente interesante en la industria financiera, que dedica enormes esfuerzos a conquistar a los herederos del mañana mientras corre el riesgo de descuidar a quienes todavía administran el patrimonio del presente.
Y el calendario sucesorio agrega otra complicación. Según Cerulli Associates, de los USD 124 billones que se estima cambiarán de manos en Estados Unidos hasta 2048, unos USD 54 billones pasarán primero entre cónyuges, antes de llegar eventualmente a las siguientes generaciones. Es decir, buena parte de la gran transferencia de riqueza no irá directamente de padres a hijos, sino que permanecerá inicialmente dentro de generaciones mayores.
Prepararse para los futuros herederos es indispensable. Pero quizás convendría recordar que la herencia prometida no es exactamente lo mismo que el dinero disponible.
El poder también envejece pero ya no se jubila
La longevidad está cambiando las reglas del juego. Las distintas generaciones convivirán durante más tiempo compartiendo patrimonio, responsabilidades y poder de decisión. Para las empresas y la industria financiera, el desafío será comprender esta nueva realidad, en lugar de seguir mirando el mercado con categorías generacionales que empiezan a quedar viejas.
Después de todo, si vamos a vivir hasta los 100 años, ¿no serán los 50 los nuevos 20?
Solo que esta vez, con patrimonio.




